Un ecologismo artificial, como el césped

La lucha contra las desigualdades es, sin duda, uno de los principales retos en nuestra sociedad. El «fin de la pobreza» es el primero de los Objetivos de Desarrollo Sostenible promovidos por la Naciones Unidas: erradicar la pobreza en todas sus formas sigue siendo uno de los grandes desafíos que enfrenta la humanidad.

Una de cada diez personas en el mundo vive en la pobreza extrema, la mitad de esas personas son niños y niñas. Tampoco a nivel local nos salvamos de estas vergonzosas estadísticas y es que, año tras año, lideramos los rankings de barrios más pobres del país. Barrios de Sevilla con el 60% de paro, con el 20% de la población analfabeta («ciudad inteligente» dicen que queremos ser) o con grandes zonas de infravivienda.

Es el mercado, amigo. El afán de unos pocos por enriquecerse no sólo genera desigualdades, sino también agota los recursos del planeta de forma indiscriminada. El sistema capitalista se basa en la explotación intensiva de las personas pero también del medio natural y sus recursos buscando un crecimiento económico ilimitado.

Más de la mitad de la población mundial reside en ámbitos urbanos y es ahí donde se produce el consumo de recursos más importante y la mayor emisión de gases contaminantes. Por eso no podemos dejar de hacer frente tampoco al cambio climático (que también afecta más a los que menos tienen) desde el ámbito local.

Cuando en el Pleno de septiembre de 2018 el gobierno presentó el “Protocolo de Actuación en episodios de contaminación del aire en la ciudad de Sevilla”, ya dijimos que era muy poco ambicioso. Que los umbrales que se establecían para activar los niveles de aviso o alerta eran demasiado altos y que, mientras que otras ciudades establecían restricciones del tráfico, nosotros íbamos a estar avisando por pantallas de los niveles de partículas contaminantes… y pasó. En este tramo final del invierno con temperaturas primaverales y azahar colgado de todos los naranjos, hemos visto cómo los niveles de contaminación se disparaban en todo el país. Mientras que ciudades mucho más pequeñas que la nuestra, como Gijón, Oviedo o Valladolid, adoptaron medidas de restricción de la circulación y la velocidad de los vehículos para reducir las emisiones de contaminantes a la atmósfera… en Sevilla seguíamos mirándonos el ombligo y desoyendo las recomendaciones de todos los expertos.

Ante este último episodio, el gobierno argumentó que cuando se superan los niveles de partículas en suspensión hay que activar las medidas necesarias «si no se detectan por parte del Ministerio de Medio Ambiente masas de aire africanas”. Pero lo que dice en realidad el Protocolo de Actuación es que en presencia de masas de aire africanas «se podrían reconsiderar» los niveles de preaviso, aviso o alerta. ¿Hacia dónde se reconsidera? Pues obviamente hacia la dirección menos proteccionista.

La forma de abordar esta problemática por el gobierno actual está siendo simplemente la de ponerse la etiqueta ecologista. Presumir y aspirar a ciegas (y con mascarilla) a ser Capital Verde Europea mientras que cualquier municipio de tu entorno te da mil vueltas, presumir de reurbanizaciones sostenibles y que respetan el medio ambiente mientras llenas las calles, plazas y alcorques de césped artificial (de plástico verde, eso sí), presumir de proyectos de drenaje sostenible en la avenida del Greco (donde sigue habiendo más cemento que zonas ajardinadas) mientras te gastas siete veces más en un tanque de tormentas en Kansas City que es la antítesis de la sostenibilidad o la ecoeficiencia.

Frente a la política de etiquetas sin trasfondo a la que tanto nos tiene acostumbrados Juan Espadas y a esa actitud inmovilista para no molestar a las fuerzas reaccionarias de la ciudad y a sus articulistas de salón, defendemos un proyecto vinculado a la idea de una ciudad saludable, cohesionada, accesible, con aire limpio y verde, comprometida con la lucha contra el cambio climático… desde la valentía, sin ambigüedades y sin miedo a lobbies. Y es que es, precisamente eso, en lo que ha fallado el alcalde: en la falta de valentía, en el cúmulo de ambigüedades y en la dinámica de plegarse a quienes no quieren transformar esta ciudad.

¿Puede una ciudad a modo de “aldea gala” acabar con el cambio climático? Obviamente no, estamos ante un reto global. Pero esa no puede ser la excusa para lanzar balones fuera o para abordarlo poniéndonos simplemente la etiqueta verde. Si queremos hacer viable y sostenible el planeta no queda otra que ir a la raíz de los problemas e, igual que en el caso de las desigualdades socioeconómicas, tratarlo como una cuestión transversal: reduciendo el consumo y repartiendo los recursos de forma equilibrada, afrontando este problema también desde la educación y la sensibilización, potenciando un tejido productivo alternativo arraigado al territorio, fomentando las energías renovables, la rehabilitación o la conformación de ciudades cada vez más cohesionadas. Tenemos la responsabilidad de dar soluciones a este reto global también desde lo local; y es que sin planeta no habrá Ayuntamientos, ni de izquierda transformadora ni de derechas. 

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